viernes, 21 de enero de 2011

PRECEDENTE PARA NO OLVIDAR

Aunque Álvaro Uribe Vélez perteneció a las toldas del Partido Liberal Colombiano, la mentalidad política de este señor está influenciada por tendencias maquiavélico-derechistas. Para muchos es sabido que Uribe Vélez no alcanzó la Primera Magistratura en el 2002, solamente con el apoyo de una coalición partidista. Tenía el respaldo, en ese entonces, de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). La ambición de poder del expresidente Uribe, que afortunadamente la Corte Constitucional frenó a tiempo, estaba enfocada no tanto en el interés general del país sino más bien en algo personal: vengar el asesinato de su padre en 1983 (intentaron secuestrarlo), cometido por el Quinto Frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Recordemos que el padre del expresidente era Alberto Uribe Sierra. En el libro “Los Jinetes de la Cocaína” es mencionado su nexo con el Clan de los Ochoa por el periodista de investigación Fabio Castillo (perseguido por el narcoterrorismo y despedido del diario El Espectador, en el año 2003, después de haber escrito un reportaje sobre los hechos non sanctos del exministro del Interior y de Justicia Fernando Londoño Hoyos).

Esto me hace recordar lo que le ocurrió al paramilitar Fidel Castaño. El odio visceral que Castaño le tuvo a las FARC, se debe precisamente al secuestro y asesinato de su padre, a manos de esta guerrilla colombiana que persiste en el alzamiento de las armas. A partir de este suceso, Castaño y sus secuaces exterminaron a todo lo que tuviera que ver con los guerrilleros de las FARC, entre esos, a miembros del partido de izquierda Unión Patriótica (UP), porque pensaban que los que salieran elegidos por ese partido, consolidarían los planes políticos de consecución del poder de la guerrilla que perdió su norte ideológico-político hace tiempo. Las FARC se han dedicado al narcotráfico y el secuestro del pueblo colombiano que ellos dizque representan.

Sin duda, el gobierno que salió a regañadientes el 7 de agosto de 2010, se personalizó en el "mesías" que llegó para “salvarnos” del dragón de la guerrilla, pero a un costo terrible por lo acontecido después: la mayoría de la sociedad colombiana vio el paramilitarismo como un “mal menor”. Se pensaba que la unión funesta de fuerzas militares y paramilitares, haría más fácil derrotar a la guerrilla de las FARC. ¿Se logró? ¿Qué ocurre con el paramilitarismo hasta hoy? ¿Este lastre que cargamos todos los colombianos se desmovilizó? ¿Qué nos dirían en el departamento de Córdoba?

Es una historia que no debe repetirse, y que nos pone a pensar en las elecciones de octubre, teniendo en cuenta que el uribismo quiere apoderarse de las principales alcaldías y gobernaciones del país. No queremos más gobernantes despóticos que lancen diatribas contra todo aquel que no piense como ellos. Los hombres pasan, las instituciones quedan.

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